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¿Qué tan preparado estás para la primera vez?

¿Qué tan preparado estás para la primera vez?

Hay un momento en la vida en que las ruedas de entrenamiento desaparecen: se acaba la beca, se acaba la red de apoyo y, de repente, el mundo laboral nos da la bienvenida con un golpe de realidad.

Porque aunque se supone que una carrera profesional te prepara para un trabajo, cuando llegas a uno te das cuenta de que no sabes nada de lo que realmente sucede.

Recuerdo mi primer día como empleado formal, en noviembre de 2007. Me asignaron la tarea de calcular un sistema portátil de inyección de nitrógeno para pozos de petróleo.

En la escuela, los problemas traían la mayoría de los datos necesarios para resolverlos, o al menos podías deducirlos con un poco de ingenio. Aquí no. Aquí el problema venía sin instrucciones, sin pistas, sin un solo número útil. Mi jefe me dio todo lo que tenía y, ahora, la empresa y el cliente esperaban que yo les entregara una solución.

Lo peor es que varios de los componentes del sistema ni siquiera los habíamos estudiado en la carrera. No solo debía resolver el problema, sino entender primero de qué se trataba.

Lo bueno: tenía más de tres horas para hacerlo.
Lo malo: no tenía ni idea de por dónde empezar.

Esto no era la materia de balance de masa, ni de energía, ni de termodinámica, ni un laboratorio. Era todas juntas, con decenas de incógnitas al mismo tiempo.

Tampoco había inteligencia artificial, ni redes sociales, apenas el Messenger de Microsoft.

Para rematar, yo era de los promedios más altos de mi generación. Pensaba que lo sabía y podía todo. Pero el verdadero reto no era el cálculo. Era aceptar que no tenía todas las respuestas.

Tuve que hacer preguntas. Pedir ayuda a ingenieros con más experiencia. Tomar cursos express de herramientas que jamás había usado. Ir a bibliotecas de institutos especializados. Hacer mediciones en la planta del cliente. Salir de mi zona de confort de manera abrupta y brutal.

Después de dos semanas de trabajo, logré desarrollar un programa que permitía cambiar las variables de entrada y obtener los resultados esperados. Se lo entregamos al cliente.

Unos días después, el director general me llamó a su oficina. Sentí que el alma se me iba del cuerpo. Mi corta carrera en la ingeniería de procesos podía llegar a su fin. Además, en la sala estaban varios jefes de área.

Respiré hondo, crucé la puerta y me preparé para lo peor.

Para mi sorpresa, la junta era para reconocerme por el buen trabajo. La velocidad con la que había resuelto el problema les impresionó, y querían que me involucrara en un nuevo proyecto.

Ese día entendí algo clave: cuando nos enfocamos en buscar soluciones, en atrevernos a hacer cosas que nunca hemos hecho, en pedir ayuda con humildad y tomar acción sin esperar a que todo sea perfecto, las cosas llegan a buen término.

El problema es cuando nos acomodamos ahí. Cuando dominamos algo y empezamos a repetirlo una y otra vez.

El crecimiento no está en lo que ya dominas, sino en lo que todavía te incomoda.

¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo completamente nuevo?
¿Cuál fue tu último gran proyecto que te puso incómodo?
¿Qué plan tienes para crecer exponencialmente?

Te leo.

— J.

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