Si alguna vez has sentido que no tienes lo necesario para triunfar, esta historia es para ti.
Si me hubieras conocido cuando recién me había graduado de mi carrera profesional, jamás habrías apostado que podría dirigir equipos, vender cualquier cosa, dar conferencias o tener una marca personal.
Era el cliché del ingeniero nerd: callado, retraído, sin gusto por las relaciones interpersonales. Odiaba que cualquier persona supiera qué hacía. Mi mamá me lo dijo alguna vez muy directo: tenía que preguntarme de todo y solo obtenía monosílabos como respuesta. Entablar una conversación conmigo era casi imposible.
Mi personalidad analítica me ayudaba a tener muy buenas calificaciones, dominar los números y las máquinas, pero desde la sombra, sin tener que tratar con otros. Solo anhelaba el silencio y que me dejaran hacer lo mío.
Un día conocí a un empresario, también ingeniero, que me vendió la idea de ganar mucho dinero en el negocio de la belleza, específicamente en el antienvejecimiento y los nutracéuticos. Mientras me mostraba un producto maravilloso que borraba arrugas en segundos, mi mente solo se enfocaba en los porcentajes de ganancia. Nunca pensé en que tendría que hablar con otras personas, escucharlas y persuadirlas para vender.
Mi ambición me llevó a invertir en los productos e iniciar en el negocio. Sin embargo, mi mala suerte se hizo patente en mi primer entrenamiento como parte de una red de multinivel. Recuerdo claramente las palabras de mi mentor: “Este es un negocio de personas.” Para tener éxito, necesitaba interactuar, invitar a otros, escuchar sus necesidades y liderar. Mi éxito dependería de ayudar a otros a tenerlo.
En ese momento, el fracaso parecía inevitable. Mi círculo social era pequeño, odiaba las ventas, y mis habilidades interpersonales eran inexistentes. Pero tenía dos cualidades que me mantuvieron de pie: competitividad y constancia.
Después de conocer a un multimillonario que se convertiría en un gran amigo, me tragué mi ego de ingeniero –un trago muy grande– y decidí aplicar esas dos armas. Empecé a leer libros de desarrollo personal, aunque al principio pensaba que eran para fracasados. Si ya era un fracaso en las ventas, no había nada que perder.
Hacía llamadas, citas, dialogaba con las personas y las invitaba a unirse al equipo. Al principio fue horrible. Mis mejores amigos me dieron la espalda o me criticaron. Decían que me estaban lavando el cerebro y que no lograría nada. Además, otro joven que había empezado al mismo tiempo que yo estaba ganando 100 veces más en solo seis meses.
Pero, la constancia vence al talento. Me puse a entrenar, a estudiar las presentaciones y a trabajar todos los días, sin descanso. Era incómodo. Mi pareja me dejó, mis colegas se burlaban, pero tenía claro que debía continuar.
Después de dos años, el acumulado de acciones diarias comenzó a dar frutos. Me pagué mi primer viaje internacional, fui uno de los mejores vendedores de mi grupo y llegué a liderar un equipo de 100 personas reclutadas personalmente.
Desarrollé habilidades de liderazgo, ventas, trabajo en equipo, finanzas, administración y estructura de negocios. Renuncié a mi trabajo godín y escribí mis primeros dos libros.
Lo que aprendí y repito a quien me escucha es que no necesitas ser el más talentoso para triunfar. Lo que realmente importa es lo que haces día tras día. La constancia no es glamorosa, no es rápida, pero es infalible. Si te comprometes a dar pasos pequeños consistentemente, el éxito dejará de ser un sueño lejano y se convertirá en una realidad alcanzable.
Más allá de un mensaje motivacional, esto es una invitación a que te atrevas a hacer aquello que parece imposible. Toma las oportunidades aunque sientas que no tienes talento. Si realmente te comprometes con los pasos diarios, el éxito será inevitable.
No más excusas. Empieza ahora. ¿Qué paso vas a dar hoy?
— J.